Me llamo Lucy Barton

Mi primer contacto con Elizabeth Strout fue a través de la mini serie de televisión Olive Kitteridge, dirigida por Lisa Colodenko, producida y protagonizada por Frances MacDormand y basada en una novela homónima que la autora norteamericana publicó en 2008 con un guión adaptado por Jane Anderson. Olive Kitteridge narra la vida de una profesora de matemáticas y de su familia en un pequeño pueblo norteamericano a lo largo de varias décadas. Olive es un personaje arrollador, carismático y en cierta medida cruel que MacDormand borda y que condensa a la perfección la esencia de la figura de la madre compleja, distante, inteligente y sarcástica. Un personaje que muchas veces provoca rechazo pero al que no podemos evitar tomar cariño. Strout es muy hábil poniendo sobre la mesa las contradicciones de esa generación de mujeres que nacieron y crecieron en medio de la dureza de la América de la Depresión y el Dust Bowl y que vieron el paisaje de sus vidas cambiar radicalmente en los años 50 y 60 en Estados Unidos. Mujeres fuertes y acostumbradas a sobrevivir a mil penurias que criaron a sus hijos en ese nuevo mundo de libertades y oportunidades que fue la América soñada de los sesenta. A Elisabeth Strout no sólo le interesa entender cómo pensaban, sentían y vivían esas mujeres, sino que le interesa mucho cómo fueron las relaciones con sus hijos y en sus matrimonios. Y así es como llegamos a otra novela de la autora de Olive Kitteridge: Me llamo Lucy Barton es una obra de una extensión razonable que condensa en los cinco días en los que transcurre la narración la compleja y fascinante relación entre una madre y una hija. Lucy está ya bien asentada en la treintena, tiene dos hijas pequeñas y padece una enfermedad que la dejará postrada casi dos meses en la cama de un hospital. Apenas mantiene el contacto con su madre, pero esta convalecencia en un hospital de Nueva York une a madre e hija durante unos días en los que hablarán, guardarán silencio, recordarán el pasado de la familia, los vecinos y la gente que pobló su pasado y se harán compañía durante largas horas. Estos diálogos están construidos con mucha delicadeza. En ellos, se dice más a través de lo que se omite que a través de lo que verdaderamente se dice. Muchas veces las relaciones más complejas y profundas de nuestras vidas se vehiculan a través de gestos sencillos, silencios y omisiones. Las palabras, llegado cierto punto, dejan de ser necesarias. Me llamo Lucy Barton es una de las novelas sobre las relación entre una madre y una hija más reveladora y brillante que he leído nunca. Un libro que emociona y que, como toda buena novela, dispara muchísimas conexiones enterradas con nuestra propia vida. Podéis encontrarlo o bien acercándoos a la librería o bien entrando en este link.

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