El mundo no objetivo, de Kazimir Malévich
En Europa central, a mediados de los años 20, el contexto intelectual y artístico en torno a las vanguardias veía cómo las visiones utópicas se desvanecían a medida que el pragmatismo y los nuevos conceptos en relación a la función social del arte ganaban fuerza. Comenzaba una nueva era de objetivos que parecían priorizar cuestiones materiales y presupuestarias sobre las grandes utopías.
Fue en ese contexto que, en 1927, Kazimir Malévich (1879-1935) viajó a Alemania para inaugurar su única exposición individual en Berlín y visitar la escuela Bauhaus en Dessau. Como artista de vanguardia, Malévich fue víctima de la hostilidad institucional en la Unión Soviética y esperaba encontrar un clima más favorable fuera de su tierra. Pero la recepción de su obra estuvo lejos del entusiasmo extático con el que Lissitzky, el colectivo UNOVIS y van Doesburg habían recibido al suprematismo. El cuadrado negro había perdido su poder. Las utopías asociadas a él habían desaparecido.
Malévich claramente desconocía lo que estaba pasando en Alemania y, en particular, en la Bauhaus. Gropius preparaba silenciosamente su retiro, y además de la polarización política, el vigente funcionalismo racionalizado, el pragmatismo industrial y el servicio al consumidor se estaban convirtiendo en los principios vigentes de la escuela. Crecía la tensión entre los artistas y sus colegas arquitectos y diseñadores. Así que durante su estancia en la Bauhaus, sus reflexiones puramente estéticas y espirituales no podían sino resonar como anticuadas, recordándoles un conflicto que, en lo que a Gropius se refiere, ya era un capítulo cerrado (el enfrentamiento con Itten y su impresionismo espiritual).
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